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Lo que pasa al apretar el botón

Hola, soy José Manuel Ortiz, Ingeniero Electrónico de la Universidad Santa María, uno de los socios fundadores de Kinamics y vengo a contarles cómo el sueño de un niño se transformó en una de las pocas empresas chilenas en desarrollar robots semi autónomos, que mejoran la producción de grandes mineras y salvan vidas todos los días.


Corrían los años 90, no existían todavía los computadores como hoy en día y mucho menos los celulares. La tecnología era muy mecánica, pero no carecía de magia. Para nada. Recuerdo pasar incontables tardes en el garaje con mi papá y a los 14 años ya habíamos hecho algunos robots que movían cosas. Eran lo que se conoce como robot manipuladores, uno de los tipos de robots más utilizados hasta el día de hoy por su capacidad de mover cosas de un lugar a otro. Parece sencillo, pero son muy eficientes, no necesitan descansar y por cierto realizan tareas que a un ser humano le pueden provocar lesiones o estrés. Pero en ese momento yo no pensaba en esas cosas de adultos. Sólo estaba fascinado por lo increíble que era apretar un botón y que lo que en algún momento fueron fierros y cables sueltos, de pronto tuviera unidad y algo así como vida. Y sinceramente nunca he dejado de sentir esa ansiedad anticipatoria antes de hacer funcionar por primera vez un robot.


Pero no fue hasta el año 2006 que junto a mi hermano participamos en un concurso de duelos de robots que la conversación comenzó a tomar un tono distinto. El desafío era bien simple: pegarle con unas bolitas al robot contrincante. El que le achuntara 1 vez, con un máximo de 3 intentos, ganaba el duelo. Era un torneo de eliminación directa, no habían segundas oportunidades. Y nosotros no sabíamos bien en qué nivel estaba el resto de los concursantes, pero teníamos nuestra arma secreta: habíamos desarrollado un robot omnidireccional, es decir que podía moverse en cualquier dirección sin necesidad de rotar su cuerpo o ruedas. Esto le daba facilidades para esconderse y esquivar las pelotas mucho más rápido que nuestros contrincantes. Y así fue, ganamos todas las competencias, menos una. Los chicos de otra universidad habían llegado con un robot que no era omnidireccional, ni nada muy especial en un sentido más tecnológico, pero que en vez de tirar una pelota, tiraba una lluvia de pelotas. Genios. Parecía casi trampa, pero la verdad es que en las bases no estaba prohibido. Y perdimos ante la astucia de la resolución de un problema de manera creativa, porque aunque se desperdiciaban muchos recursos, se llegaba eficazmente al objetivo. Y así aprendimos algo muy importante: son muchos los caminos que llevan a Roma y para explorarlos hay que pensar de forma poco convencional.


Más adelante participamos de otros concursos dentro y fuera de Chile, con distintos niveles de desempeño, pero siempre aprendiendo muchísimo de robótica sobre todo en el backstage. Esa era la instancia para hablar entre todos los robotistas, sobre cómo resolvíamos los distintos desafíos y te encontrabas con que cada uno era más creativo que el anterior. Sin duda una etapa muy enriquecedora que nos entregó aprendizaje y buenos contactos que conservamos algunos hasta el día de hoy.


Fue así como después de muchos concursos lo asumimos: teníamos el talento y las ganas. Sólo faltaba crear nuestra empresa de robótica y comenzar a aportar al mundo. Y así lo hicimos. Como suele pasar con los emprendimientos, no nos resultó a la primera. Pero con perseverancia le agarramos la mano y encontramos algo que nos motivó profundamente, que es salvar vidas. Así Kinamics se convierte en la primera empresa de robótica chilena donde los robots son desarrollados inhouse. Hoy trabajamos con clientes sobre todo del sector minero, incluyendo a algunos grandes como BHP y CODELCO. Y nos encanta saber que además de optimizar la producción de nuestros clientes, mejoramos la calidad de vida de sus trabajadores. Eso para nosotros es lo que nos motiva día a día a desarrollar y crear nuevos robots con nuevas funciones. Y, claro… ese nerviosismo de la primera vez que lo echas a andar. Más de 30 años y nunca se ha dejado de escuchar un gutural “wow!” al apretar el botón.





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